El Privilegio de las Misiones Transculturales - Caso de Estudio

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africa
Resumen

El testimonio de la amistad transcultural entre la Misionera Jessie Ritchey y una pobladora de Guinea en África Occidental .

Su nombre era Kiribinti. El lugar… Guinea, África Occidental. Su hogar era una pequeña habitación de tal vez 1.5 por 2 metros, construida con pequeños ladrillos de barro, que colindaba con un patio donde se depositaba la basura. En la mitad del patio, había un solitario almendro que se esforzaba por dar sombra y bajo el cual Kiri cocinaba.

Esta mujer se ganaba la vida leyendo la suerte con conchas de mar y dando citas como curandera. Su pequeño jardín de hierbas, escondido entre las palmeras, le proveía de las hojas con las cuales preparaba diferentes infusiones y baños. Su patio parecía un enjambre de gente, muchos de ellos, eran niños pequeños encargados por sus madres mientras iban a vender sus productos en el mercado local.

A pesar de este bullicio un tanto caótico, Kiri (mi madre y mentora africana) parecía moverse conucha calma y fuerza interior y con una dignidad sin apuros. Fue de ella de quien aprendí algunas de las más valiosas lecciones de mi vida, mientras permanecía sentada en mi pequeño banco junto al fuego de su cocina, con el humo soplando hacia mí. La comida en casa de Kiri era una cuestión de suerte. Si no había dinero, no había comida. La hora del almuerzo también cambiaba dependiendo de cuánto hubiera demorado en recoger lo suficiente para prepararla. Si era un buen día, la comida empezaba a cocinarse como a las 10 de la mañana. Si el día no era muy bueno, los niños se la pasaban comiendo pedazos de pan y cualquier fruta de temporada, esperando más tarde algo de arroz. En un día malo, la gente simplemente se sentaba a la sombra del almendro, sin hacer nada…esperando.

n los días buenos, niños medio desnudos de grandes ojos y barrigas grandes, se amontonaban unos con otros esperando hasta que Kiri hiciera una sopa y cocinara algo de arroz con lo cual se suponía que podría milagrosamente, alimentar a todos. Las tradiciones africanas mandan que cualquier comida que uno tuviese, debe ser ofrecida a los visitantes. Consciente de esto y de la impresionante cantidad de gente que debía ser alimentada con tan poco, yo trataba de despedirme de Kiri antes de que la comida fuera servida. No podía soportar siquiera pensar en comer un solo grano del arroz que bien podría servir para alimentar a esos pequeños. Pero a nuestra inteligente Kiri no se le escapaba nada y ella sabía que aún me faltaba aprender mucho acerca de la igualdad y el compañerismo. Aun así, Kiri continuaba ofreciéndome su amistad y sabiduría.

Entre risas, Kiri fue preparándome para esa vida, al tiempo que yo aprendía su lengua llamada usar las nuevas palabras que me había enseñado. A veces se sostenía el estómago de la risa que le causaban mis vergonzosos relatos sobre mis experiencias culturales; como aquella ocasión que partí un pimiento picante en mis manos y luego me sequé el sudor de la frente. ¡Grave error! Llegué a su casa toda quemada y ardiendo. Kiri rió hasta el llanto y luego llamó a sus vecinos y me hizo contar la historia una y otra vez, como para regalarles un momento de distracción, tan necesario para ellos. Aunque parezca extraño no sentí que estuvieran burlándose de mí, sino mas bien me sentí acogida por la comunidad, cuyas risas iban llenando esa brecha cultural entre nosotros en tanto reconocíamos nuestra mutua humanidad.

Nuestro vínculo como mujeres fue fortaleciéndose mientras alimentaba a mi primer hijo bajo la sombra de aquel almendro atestado de gente. Recién iniciada en mi maternidad, pude entender la expresión de preocupación y los sentimientos de impotencia cuando acariciaban la frente afiebrada de un niño con malaria.

Más tarde, ella me confiaría pedacitos de sus secretas tradiciones culturales; eso sí, estudiando cuidadosamente mis expresiones para asegurarse que podía seguir entregándome esta información tan valiosa para ella. Debió haberle gustado lo que encontró porque continuó Aprender Idioma depositando su conocimiento en mí e invirtiendo su energía para corregirme y enseñarme. Kiri practica el Islam Popular que es el resultado de una serie de creencias animistas y rituales islámicos llenos de fascinantes explicaciones

Seguimos así por un largo tiempo. Llegamos a sentir un especial cariño mutuo. Ella me saludaba con su cálido abrazo africano y una luz en sus ojos, que envolvía tanto afecto como sabiduría. Pero yo seguía luchando con la manera de construir una amistad auténtica en medio de esa tan profunda brecha cultural y de tanta desigualdad económica.

Cuando era posible, le llevaba medicinas y cosas básicas para “su gente” de una manera muy casual, tratando de encontrar cierto equilibrio entre ayudarla con su pobreza sin atentar contra su dignidad. De vez en cuando, le regalaba algo sumamente femenino y personal como una crema perfumada por ejemplo, sólo para que se sintiera más femenina…algo que de hecho lo disfrutaba mucho. Quería ayudar sin ser condescendiente; y al mismo tiempo quería construir una auténtica amistad y no únicamente “ser utilizada”. Pero esto puede llevarnos hacia un punto muerto, una especie de limbo donde nos convertimos en comerciantes de una relación en lugar de ser amigas.

¿Puede existir verdadera intimidad sin igualdad? ¿Cómo se la puede definir? y, ¿quién define lo que es la igualdad? He llegado a la conclusión de que en última instancia, nosotros mismos la definimos dependiendo del contexto de nuestras propias amistades. Dos amigos conocen hasta dónde llega su nivel de confianza y la expresan en sus propias y únicas formas. Un día, llegué a casa de Kiri a la hora del almuerzo. Debió ser un gran día porque había un pollo esquelético en la cacerola. Kiri me invitó y sirvió una enorme cantidad de arroz en mi plato junto con algunas cucharadas de su guiso. El toque final consistió en un pedazo de carne, rara pero invalorable. Los cuerpos calientes y sucios de esos niños, con sus heridas abiertas y sus mocosas narices me miraban mientras yo empezaba a comer. Mi garganta se hacía nudos mientras pensaba que en realidad cada bocado lleno en mi boca, significaba un bocado menos para ellos. Pero comí… y ellos miraron.

Desde el fondo de la habitación, sentí los ojos de Kiri, cuidadosamente siguiendo cada uno de mis movimientos, como si algo más se estuviera llevando a cabo tras esta escena. Comí como la mitad del plato y luego les di a los niños el resto. Todos se inclinaron a él y tomaron una parte con sus manos, como es su costumbre. Cuando me miró por sobre los pequeños, pude ver los ojos de Kiri llenos de lágrimas, y me dijo algo que no olvidaré jamás: “Ahora sé que en verdad me quieres”.

Sólo entonces pude darme cuenta cuán arrogantes podemos ser cuando pensamos que estamos “tomando las mejores decisiones en favor de otros” sin consultarles. Al principio, DAR puede parecer simplemente positivo, sin embargo nos equivocamos al pensar que DANDO podemos convertirnos en dueños de la situación pero es sólo ACEPTANDO lo que viene de otros, como podemos lograr un acercamiento. Al partir el pan con ella, fuimos uno solo. Ese día me humillé y acepté su extraño regalo. Ese día cerramos la brecha y cuando nuestros ojos se encontraban, nos veíamos como dos seres humanos iguales… y ambas lo sabíamos.

Todos somos receptores de la misma misericordia y todos compartimos el mismo misterio. Este, mis amigos, es el privilegio de las misiones transculturales. Se nos ha dado la maravillosa oportunidad de contar la más grande historia de amor que nunca antes se haya contado. Y, se nos ha dado también la maravillosa oportunidad de interactuar con personas diferentes a nosotros y de darnos cuenta de la humanidad que nos es común. Se nos ha puesto un sitio en primera fila para presenciar cambios en la vida de las personas. Se nos ha dado la oportunidad de vivir vidas con sentido. Y mejor aún, se nos ha mostrado un pedacito de cómo será el día cuando nos reunamos alrededor del trono y nos encontremos de rodillas adorando junto a otros creyentes provenientes de todas las naciones del mundo.

Misionera Jessie Ritchey