
“Recuerdo la ocasión en la que predicando en un parque vi a una señorita, caminaba lento y pensativa. Al acercarme a ella y presentarle el evangelio se puso a llorar y a caminar, mi hijita y yo nos miramos sorprendidas, y en ese momento corrí detrás de ella y me contó que hace mucho asistía a una iglesia, pero que se había alejado y caminaba esa noche pensando en el Señor y la necesidad que tenía de Él. Yo realmente regresé a mi casa con una alegría indescriptible: “Dios es realmente bueno.”
Por Verónica, del Perú
Muchas veces, el evangelismo ha llegado a ser un simple intento de conseguir “decisiones”. Algunas campañas y programas de evangelismo tienen este único saldo: “tantas” decisiones por Cristo. Lamentablemente, existe un estilo de “evangelismo” que hace todo lo posible por llevar a la persona a responder de forma positiva, lo cual mucha gente hace solamente por complacer o para salir de la situación. Sin embargo, después que se anota su “decisión”, la persona se va de allí y ¡jamás vuelve! Esto no es evangelismo: es irresponsabilidad.
Nos tenemos que preguntar, ¿estamos buscando – llamando – invitando a tomar “decisiones”, o convertidos? ¿Nos satisfacemos con una estadística, o con una vida transformada? Creo que la respuesta es clara: queremos vidas transformadas.
Ahora bien, la solución al problema planteado es el seguimiento. Para poder asegurar que una conversión es auténtica, y a la vez para darle al verdadero convertido lo que necesita para crecer; el seguimiento es la única respuesta.
El seguimiento es sinónimo de discipulado.
1. La incorporación del nuevo convertido en una iglesia local. En este ambiente, la persona recibe enseñanza, dirección, y estímulo en su nueva vida. Así puede crecer y encontrar oportunidades de servir y de desarrollar sus dones. Se convierte no solamente en un cristiano, pero en un ciudadano útil del reino de Dios.
2. La forma personal. En esta, se desarrolla una relación entre el nuevo convertido y un cristiano maduro. Igual como el apóstol Pablo y Timoteo, esta relación provee un ambiente adecuado para discipular de una manera muy provechosa, en la que el cristiano maduro sirve como modelo y apoyo para el nuevo creyente. Por Esteban Brauning, Instituto Bíblico Reformado
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