
Hay un vínculo directo entre el involucrarse en misiones mundiales y la madurez espiritual de una iglesia. La señal de una iglesia “grande” no es su capacidad de asientos, sino su capacidad de enviar.
Mike Stachura
Cuando llegamos al campo de misión con una mentalidad de colonizadores o simplemente no nos involucramos en conocer la cultura de los pueblos, en conocer el ¿por qué son como son? o ¿por qué hacen lo que hacen?, entorpecemos la identidad de los pueblos y el avance equilibrado y sano del Evangelio.
Los que van al campo tienen la responsabilidad de aprender el idioma, la cultura, analizar las costumbres del pueblo al cual van a servir, para entenderlos mejor y comunicar de manera clara y simple el Evangelio. Tenemos que ir como el mismo modelo que usó Jesús, Él se despojó de sí mismo por amor a la humanidad y caminó con la gente.
Tenemos que despojarnos de todo lo que pueda entorpecer el avance misionero; asimismo, tenemos que despojarnos de todo prejuicio.
La cultura no sólo influye en el ser humano y sus organizaciones, sino que también va construyendo realidades nuevas. Es así, como la propia Iglesia de Cristo no está ajena a esta influencia. Por ello, urge a la Iglesia involucrarse a entender el contexto, la historia de cada pueblo y su cultura. El materialismo y la globalización están dañado la identidad de muchos pueblos, y el crecimiento vertiginoso de religiones mundiales ha distorsionado y alejado al ser humano de su relación con Dios.
“São Paulo, es una ciudad marcada por una gran desigualdad social. En general, el Paulista, al igual que todos los brasileños de otros estados, es un pueblo muy religioso, que buscan tener algún tipo de “experiencia” y cualquier vínculo con la religión y la espiritualidad”, dijo Sergio Melo, psicólogo, misionero sirviendo en MCC de Brasil.
La Iglesia y el misionero de campo, deben involucrarse de manera idónea con el pueblo que Dios les ha encomendado servir.
El misionero debe compartir con su iglesia enviadora la realidad y cultura del pueblo donde sirve para que la iglesia participe con él a través de la oración, el cuidado pastoral, la capacitación de los próximos candidatos al campo y canalice mejor sus recursos enviados a su misionero y al campo.
En la misión global es necesario que conozcamos la cultura de los pueblos, ayudándolos a no perder su identidad, ayudándolos a que ellos mismos juzguen si sus costumbres ancestrales y actuales los dignifican o no, ayudándolos a valorar sus diferentes lenguas y dialectos, su riqueza multicultural que es característico en la mayoría de nuestros países de América Latina, y luego dejar que ellos solos reflexionen y tomen sus propias decisiones. Hagamos nuestra parte.
Mostremos La Luz, La Verdad y La Vida. El llamado a la Iglesia es también ayudar a reconciliar a la sociedad y la cultura de los pueblos con Su Creador. La Iglesia es luz y sal para este mundo caído. La Iglesia debe ayudar a la sociedad no sólo a un encuentro con Dios, sino también a una valoración y desarrollo de un hombre íntegro y cabal, fiel representante de la imagen de Dios, pero será la sociedad quien finalmente tomará su propia decisión.
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