Tarzan y Rambo para el reino

Tarzan y Rambo para el reino
Resumen

Una vez fuimos a cazar caimán (similar al cocodrilo) en el Río Orinoco de la selva de Venezuela, cuatro misioneros en total (uno encargado de manejar la lancha, uno con escopeta, otro con machete, y yo con una lanza. Sí, me sentía muy Tarzán).

Fuente
Revista VAMOS

El caimán se caza de noche, desde una lanchita, alumbrando la ribera del río con una lámpara. Cuando la lámpara revela un par de ojos medio hambrientos mirándote, es hora de accionar. El de la escopeta se levanta y dispara hacia los ojos. El de la lancha acelera el motorcito para rápido llegar al animal herido. El de la lanza detiene el animal (desde la lancha) y el del machete lo golpea del pescuezo hasta matarlo.

Lo importante es quedarse dentro de la seguridad de la lancha, donde el caimán no te puede hacer nada.

Pero cuando le metí la lanza, la bestia giró en el suelo, me dobló los tres picos de la lanza y ¡se me escapó! Pero ¿cómo se va a escapar un caimán a uno que se cree Tarzán? Brinqué de la seguridad de la lancha para aceptar el desafío del animal, enfrentándolo sobre su propio territorio.

Como dijo Rambo, “Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer.” Matamos al caimán.

La Iglesia, también, tiene que hacer lo que tiene que hacer. Hay que salirse de la lanchita, hay que ir contra la bestia. A pesar de los peligros, a pesar de la inconveniencia, a pesar de lo difícil de la tarea. Tenemos un enemigo que se levanta fuerte y feroz.

Pero nuestro Dios dice que temerán a Dios “todos los términos de la tierra” (Salmo 67:7). Hay que abandonar lo seguro e invadir el territorio del enemigo.

¡El caimán se está muriendo!

Por Marcos Schultz, misionero en las comunidades indígenas de Venezuela

 

 

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