
Creo que deberíamos empezar por tratar de re-aprender qué es evangelizar. Sin embargo para llegar a eso deberíamos también revisar y recuperar el significado de la palabra evangelio. ¿Qué es el ‘euanguelion’ - ευαγγελιον? ¿Cuál es esa buena noticia? ¿Qué sentido, contenido y meta tiene ese evangelio?
Aún prevalece, no sólo en el mundo evangélico, una tendencia generalizada para filtrar la Biblia a través de credos, confesiones y preferencias denominacionales. Hasta ahora se ha venido leyendo la Escritura y generando agendas desde una óptica dominada por debates y enfoques teológicos de contingencia, y otras veces dominados por tendencias ideologizadas de la época, que empañan lo que realmente se debe entender por evangelio y lo que puede significar evangelizar. Los principios de exégesis bíblica establecen que el contexto apropiado para la interpretación es el contexto de los escritores bíblicos, el contexto que produjo la Biblia. Por lo tanto, el significado de una palabra no sólo esta dado por el contexto del escritor bíblico, sino por el momento en que la acción a la que la expresión hace referencia o la palabra misma aparece por primera vez, determinando el significado original y apropiado sobre el cual la evolución del lenguaje ha ido construyendo. Así, Pablo enseña a los Gálatas que Dios – previendo que los gentiles (no judíos) habrían de venir a la fe y ser incorporados dentro de su pueblo (la comunidad redimida de Israel), "dio de antemano las buenas nuevas (ευαγγελιον = evangelio) a Abraham" (Gálatas 3:8). ¿A Abraham? Sí, y Abraham es predecesor lejano de Moisés, por lo tanto anterior al Pentateuco, y a todo el Antiguo Testamento (AT). Éste, tal como fue escrito, ya contenía el evangelio y es el más valioso testimonio del mismo.
El evangelio es así el registro y recuento histórico de que nuestro Creador, el Rey de los Santos, desde antes del mismísimo comienzo de todo ha amado “de tal manera” a su creación y su criatura (Juan 3:16 - cosmos – κοσμον), al ser humano, que no sólo lo ha creado a su imagen y semejanza, sino que de antemano se ha predispuesto a serle propicio y a perdonarlo y a reconciliarlo consigo mismo. De la acción de ese Dios redentor dan cuenta las Escrituras –de comienzo a fin – como el anuncio más grandioso: la buena nueva o evangelio. Ese evangelio tiene dos aspectos que son como las caras de una misma moneda: El amor y la justicia divinas. El evangelio es el evangelio del amor de Dios. Los profetas y los poetas del AT lo vieron con claridad. Por eso Jeremías escribe “Con amor eterno te he amado, por tanto te prolongue mi misericordia” (Jeremías 31:3). De hecho es el relato del Génesis y todo lo que a partir de allí se desenvuelve lo que está dentro de la estructura de esta expresión. A manera de ilustración se puede ver que la expresión “con amor eterno te he amado” hace referencia a Génesis del 1:1 al 2:4. Así como el shabat, el ser humano también es último en ser creado pero primero en haber sido pensado. Podemos afirmar con Pablo que fuimos amados antes de la creación (Ef. 1:4,5a.); somos el resultado de un acto ponderado: ser hechos a su imagen y semejanza; somos así participantes de lanaturaleza divina: ‘la descendencia de los cielos y la tierra’ (Génesis 2:4: ‘ele toldot ha shamaim veha’aretz - ץֶרָ֖אָהְו םִיַ֛מָשַּׁה תוֹ֧דְלוֹת הֶלֵּ֣א’), somos en consecuencia bendecidos, recibimos en posesión todas las cosas y fuimos dotados de señorío y mayordomía.
Por otro lado la expresión “por tanto te prolongué mi misericordia” hace referencia a que nos siguió amando a pesar de nuestra rebelión, ingratitud y desprecio. Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos. Luego el antropomorfismo del relato muestra al Creador buscando, llamando, confrontando, vistiendo y compadeciéndose de su criatura. El evangelio nos muestra que la imagen y semejanza de Dios aunque dañada se conserva y que aun en nuestra deplorable condición “caída” Dios sigue reconociéndose a sí mismo en nosotros y desea que volvamos a ÉL restaurados. De este evangelio de Dios, Jesús da testimonio con su fe, enseñanza, parábolas y ejemplo. Él nos muestra cómo es ser la “imagen misma de su sustancia”, “el resplandor de la gloria de Dios” de modo que en la restauración la tierra será llena de esa gloria, como las aguas cubren la mar. Basta la parábola del “hijo pródigo” para ver en ella a Dios anhelando y esperando el retorno de su criatura desde los umbrales de la eternidad, y desde allí listo a salir a nuestro encuentro para recibirnos aún como a hijos. La esperanza del hombre y de los pueblos se sustenta en la vuelta del ser humano a su Creador y que es en la contemplación y conocimiento del ser, naturaleza y obras de Dios donde radica la restauración de la imagen y semejanza original con que fuimos creados, la restauración de la eternidad de nuestra existencia y de todas las existencias juntas (Juan 17:3) y cuando eso suceda nos humanizamos, recuperamos nuestra dignidad y a la vez nuestra armonía interior, nuestra armonía con Dios y con nuestros semejantes y así traemos el Reino de Dios a la tierra y a toda su creación. Pero el evangelio es también el evangelio de la Justicia. Para dar testimonio de ese evangelio (buenas nuevas) Dios escogió primero a Abraham y estableció su pacto con él y su descendencia, a perpetuidad, como se lee en Génesis 17:1-9 y 22:17-18. Lo incondicional de ese pacto anticipa la reciprocidad del creyente Abraham, desarrollando en él la virtud y firme disposición de obrar la justicia de Dios y juzgar con rectitud delante de ÉL. De hecho su intercesión a favor de la depravada población de Sodoma y Gomorra prueba que ha alcanzado un “corazón” como el de Dios: “lento para la ira y grande en misericordia y verdad…” Por eso Dios dice: “acaso encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Por que yo lo conozco, se que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”. Génesis 18:18-19. Hay un gran paralelo entre la gran comisión del Jesús resucitado y la gran comisión que Dios le da Abraham al establecer con él su pacto. De hecho la gran comisión de Jesús no es más que la re-edición del mandato dado a Abraham. Así leemos en Mateo 28:18-20…“id [y yendo] haced discípulos a todas las naciones (kol mishpahot ha’adamah en Gen 12:3), bautizándoles… y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…” (V’shamrú derej Adonai en Gen 18:19).El evangelio que fue dado y proclamado antes que el AT fuera escrito es las buenas nuevas de que hay un Creador, Justo y Santo que como padre nos ama con amor eterno y que nos prolonga su misericordia y nos llama a volvernos a él (Teshuva=arrepentimiento), nos acepta, perdona y reconcilia con él y con todo lo creado a través de un proceso de corrección de nuestro ser (ego) para que se refleje en nosotros la naturaleza otorgante y benevolente a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. Es así cómo la meta de esa reconciliación se evidencia en el amor al prójimo como a uno mismo de modo que sea “mas bienaventurado dar que recibir”. Así que la proclamación o acto misionero, de cualquier sistema religioso o confesional que no llegue destilar y lograr esto, no es el evangelio… pues la Ley y los Profetas en esta sola sentencia se cumplen: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18)
Ahora podemos ver que cuando Pablo, siempre como judío y fariseo confeso, antes de que el Nuevo Testamento (NT) fuese compilado, escribe a los judíos de Roma y afirma, "...no me avergüenzo del evangelio pues es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego" (Rom 1:16), se está refiriendo al evangelio líneas arriba descrito. Si lo que acabamos de describir sucintamente es el evangelio que tiene que ser divulgado, creído y vivido; entonces todo el mundo religioso, no sólo el cristiano nominal, tradicional y diverso sino también el judío religioso tradicional y liberal, tiene que ser evangelizado; mucho más aún el resto del mundo secular. Pero si es ese “evangelio” superficial, desprovisto de valores en mucho de su liderazgo y membresía; sin compromiso ni preocupación por el prójimo y el sistema; que responde a un dios paganizado por el neo-liberalismo y a un “cristo” desfigurado por Hollywood, mi respuesta es, no. No debería evangelizarse a los judíos. Es más, convertirlos a ese pseudo-evangelio es el holocausto más deplorable que se pueda cometer: la “solución final” lograda, la aniquilación y exterminio espiritual del judío. Dios no lo permita! En conclusión: Si aquello con lo que se pretende evangelizar a los judíos, no brota de la Torah de Dios, el corazón de las Escrituras, sino de contextos ajenos a los escritores bíblicos, y por tanto, ajenos a la Biblia; ese evangelio no es el evangelio de Dios. Ese evangelio no es sino proselitismo a una neo-paganización del Dios de Abraham, Isaac y de Israel; del Dios de quien procede, en quien creyó, a quien proclamó y por cuya obediencia murió Jesús; es una usurpación, o más bien, una suplantación de la fe y del evangelio del Jesús histórico y no válido para proclamar, demandar atención ni adoctrinar “a judío o griego”.
¿Los esfuerzos misioneros hacia los judíos no han sido tan grandes?
No creo que sea por que no haya habido buena voluntad, dedicación empeñosa y organización. Hay agencias misioneras dedicadas exclusivamente a ese esfuerzo, pero con resultados aparentemente magros. Hay por otro lado unos pocos y excepcionalmente influyentes judíos que se han convertido en el curso de la historia de la cristiandad –unos en libertad y otros bajo presión– y que luego han asumido su condición y escrito brillantes obras que han servido de ilustración y formación teológica. Sin embargo y muy a pesar de todo eso no ha habido mayor progreso. ¿Por que? Sólo ensayaré algunas respuestas. Primero, porque a pesar de la teología de remplazo heredadas del Catolicismo Romano y de sus variantes evangélicas posteriores, la cristiandad de hoy intuye que el llamamiento, propósito y lugar que Dios le ha conferido a Israel de pura gracia, no ha cambiado en absoluto; pero, si tal cosa fuera así, con ese dios no habría garantía alguna para que nadie eventualmente ocupara ese lugar permanentemente. Segundo. Porque el evangélico y misionero promedio, al no estar familiarizados con las Escrituras del AT y estar sólo imbuidos del Nuevo Testamento (NT), no parecen haber advertido que las palabras que Jesús habló y enseñó estando aún entre sus discípulos, no fueron sólo esos contados párrafos resaltados en rojo en algunas versiones del NT. Las palabras que él pasó su vida de servicio enseñando y viviendo fueron aquellas a las cuales él se refirió, cuando dijo: “estas son las palabras que yo os hablé, estando aún con vosotros. Y empezando por Moisés (Torah) y pasando por los Profetas (Neviím) y terminando con los Salmos (lo más saltante del los Ketuvím) les explicaba..." Lucas 24:44,45. ¡Qué claro quedaba allí que Jesús se estaba refiriendo al AT (a la TaNaK – ךנת , que es el acrónimo judío con que desde antaño se refieren a la compilación de las tres importantes secciones que conforman el AT). De allí la inseguridad sobre cómo emprender esa tarea y por lo tanto la falta de certeza de cómo conectar su mensaje a los judíos observantes, teniendo relativo éxito sólo con judíos nominales y seculares para quienes un cristianismo mesiánico compensa en buena parte el vacío de su desarraigo tradicional y litúrgico. Tercero. Porque al presumir que el mensaje que se quiere darles es superior en enseñanzas, espiritualidad y estilo de vida al de sus comunidades, no se advierte que en ellos está “la raíz y la savia del olivo” y que los demás son injerto. A este freno se agrega un sentimiento de culpabilidad y una suerte de vergüenza colectiva, ya que por cerca de 2000 años la cristiandad ha perseguido al judío y ha alimentado con su enseñanza y doctrina un antisemitismo velado, que se torna hostil abiertamente cuando toma conciencia de que la comunidad judía del Israel post-exilio –a pesar de su Templo aún destruido y su dispersión– no renunciará a su adhesión al pacto original y sus promesas ni a su confesión y esperanza milenaria en el Dios de Abraham tal como lo articula el AT. Cuando eso queda evidente, muy a menudo el sentimiento de “amor” por ellos –que se expresa como motivo del afán misionero– se torna en odio visceral violento. Así ocurrió con Lutero y el luteranismo después de la Reforma. El cambio de actitud que se advierte en sus escritos teológicos es usado luego por Adolfo Hitler para justificar en su libro Mein Kamp (Mi Lucha) su política de exterminio al pueblo judío.
Finalmente. Porque tal vez se intuye que no es la voluntad de Dios. Los argumentos de su fidelidad, expresados en libertad por los judíos entendidos, nos dejan sin palabras. Entonces tal vez tengamos que concluir que no puede insistirse en un afán de convertir el uno al otro, sino más bien de que partiendo de lo que nos es común, retornemos juntos a las fuentes que por milenios nos han surtido y al rencontrarnos allí seamos reconciliados. Lo que de aquello surja será una espiritualidad y una comunidad de fe renovada; la cual pueda ser percibida como vida después de la muerte… o como lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en la conjetura humana. Oremos más bien para que eso sea lo que ocurra.