
Cuando pensamos en el cuidado integral en las misiones, lo primero que viene a nuestra mente es el misionero que está en el campo y cómo hacerle saber que estamos pendientes de él, a través de llamadas, mensajes, entre otras cosas. Pero, ¿y si la forma de demostrarle amor es también cuidando de los suyos? No tenemos idea de la paz que traería para ellos, que en muchos casos están a miles de kilómetros de casa, saber que hay alguien ahí, ayudando, animando o simplemente estando disponible para su familia y seres queridos.
El reto de adaptarse a un nuevo lugar, en algunos casos donde se habla un nuevo idioma, y hay mucha gente extraña, se hace más difícil cuando hay algo que les preocupa. Al salir de casa, un pedazo de su corazón queda sentido, pensando en su familia. Y aunque saben que Dios cuida de ellos, aún hay cierto estrés, una preocupación constante por sus familiares.
Pero el proceso de adaptación se hace mucho más fácil cuando son conscientes de que alguien en casa estará ayudando a sus papás a pintar su casa, acompañando a sus abuelos a las citas médicas o simplemente llamando a su mamá para preguntarle cómo está.
Pero este cuidado no solo se trata del misionero, sino de entender que la familia sufre una pérdida y que, como iglesia, es nuestro deber estar ahí para contribuir en el proceso de sanación de la herida y ayudarlos a sobrellevar esta situación. Ellos experimentan algo que no todos comprenden y es una necesidad muy grande que debe ser atendida de forma inmediata.
A través de esta edición, queremos recordar y enfatizar la importancia del papel que tiene la familia y el alivio y paz que trae a la vida del obrero saber que un grupo los está cuidando. De esta manera, más iglesias comprenderán la gran necesidad que hay en esta área y el gran impacto que tendrán las acciones que se realicen. Desde el escritorio del equipo VAMOS...
Johanna Bernuy